RADIOBALLO: Palabras a los ruidos

La infancia es ese lugar tan querido que hasta la bosta de vaca trae nostalgias en su olor.

Texto de Wilson Saliwonczykn.

¿Quién no se ha conmovido volviendo a escuchar una canción o recuperando un sabor o un aroma de los días felices de la infancia?

En este caso nuestros sentidos nos emocionan por cuestiones que pertenecen a nuestra propia historia, como personas o como pueblo.

Creo que antes que nada hacer música y experiencias con ruidos es disruptivo, por eso también nos agrada, por ejemplo, la música electrónica de los 80’ o los sampleados. No sé si estamos cansado de la peluca de Mozart y de Bach, pero este tipo de nuevas texturas al oído llegan como una frescura; ya sean los ruidos elementales del campo, de la infancia, o los sonidos nuevos de las máquinas.

Son disruptivos.

Imagino que ya muchos pensadores especializados habrán hablado hasta el cansancio de cómo la poesía es una música y la música es una poesía, que al romper la mecánica estricta de la palabra con su significado se vuelve más abarcable, incluso para tocar aquella fibra sensible de nuestro ser donde se aloja lo inefable y ahí llega la emoción, gracias a un sonido de una frase melódica o poética.

Ya dije que los nuevos sonidos de las máquinas pueden sentirse agradable gracias a la frescura de la novedad y al fastidio o al cansancio de lo establecido, canonizado e institucionalizado. No es solo el cansancio de haber vivido toda una vida escuchando el clave bien temperado, es también el agobio que causa la formalidad, lo fosilizado, lo conservador y por qué no decirlo, de alguna manera el ejercicio de poder de aquello que se establece como “la música”. También mencioné las músicas que nos remiten a los veranos felices de la infancia y de la adolescencia.

Pero ¿cuáles son los sonidos que nos remiten al galope del caballo que se apura al llegar a la querencia o aquellas travesuras de golpear con un palo, un alambrado o la torre de un molino?

Pues justamente esos son los sonidos, las músicas y las metáforas que nos remiten emocionados a aquellas épocas. El golpe del estribo contra los huesos de la mano del caballo, el crujir del recado, el ruido del freno mascado y la barbada, etc. Yo podría escuchar o hacer música por ejemplo con el silbato o el traqueteo de un tren a vapor, pero eso para mí no tendría el mismo sentido que para quien vivió su infancia en ese escenario, para mí sería combinar sonidos como quien combina palabras al azar.

Creo que el arte se trata de decir algo nuevo o de un modo nuevo que necesitamos decir.

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De alguna manera podríamos decir que el arte siempre trata de contar una historia. Estos ruidos del campo, familiares y entrañables, son música con un profundo sentido, con un profundo significado para quienes los vivimos.

Creo que incluso los más altos ejercicios del intelecto en la música y la poesía como podrían ser por ejemplo las obras de Borges y Piazzola aspiran y logran la emoción, no la mera expresión de una erudición que combina sonidos mecánicamente. 

Nuestros ruidos camperos que golpean el alma son a la vez disruptivos y nostalgiosos…

Espero que disfruten de éstas obras. 

Wilson Saliwonczyk | DICIEMBRE de 2023

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